Alfredo Bikondoa no es un artista convencional. Su trayectoria artística y su decurso vital así lo evidencian. Hubo un momento en su vida en el que comprendió que crear por crear no le interesaba para nada. El ejercicio del arte en sí mismo no resolvía sus grandes interrogantes existenciales. De ahí que abandonara la proyección artística y emprendiera un largo viaje interior que perdura hoy día. Durante casi veinte años profundizó en una búsqueda espiritual que le llevó a la práctica del Zen. Tras esa profunda ascesis retomó el mundo del Arte, pero desde una consciencia superior. Pintar, esculpir ya no eran un objetivo, sino una herramienta, un vehículo de autorrealización, de transmisión.

Su obra, al igual que su persona, sufrió una transformación haciéndose más profunda y esencialista. Sus palabras son significativas: “Pinto para desarrollar la consciencia que se desarrolla con la realidad última; estar despierto en el presente continuo, manifestando la propia naturaleza esencial. (…) Mis cuadros no son otra cosa que investigación y experimento. Mi vida es una constante investigación del misterio del más allá, de ‘Eso’ cercano de mí mismo, del profundo misterio de la existencia, de la contradicción humana, de la ambigüedad del todo. (…) No me interesa gustar o agradar, me interesa tocar el corazón, pero no el afectivo sino el corazón que es afín al ‘todo’, alfa y omega, núcleo, matriz, origen y final…pero siempre eternidad”.

El retorno de Bikondoa ha sido muy celebrado por la crítica y los amantes del arte. Así lo expresa Alfonso de la Torre: “No es muy frecuente -en los tiempos que corren- el hallazgo de la obra de un artista de tal envergadura. Silencioso, por voluntad propia, desde mediados los setenta, el retorno a la pintura de Alfredo Bikondoa ha de calificarse de un hecho gozoso para los que amamos ésta. Los muchos años de meditación no han de considerarse ajenos a la vida artística, sino más bien como un complemento ineludible del que el artista ha salido reforzado. Sus recientes exposiciones redundan en las tesis antes expuestas: su voz pictórica era no la de un artista apartado de la pintura sino, más bien, la voz de un artista intensamente reflexivo que ha aplicado su meditación a la obtención de una voz, de timbre muy propio, muy vinculada a la tradición del arte contemporáneo.”